'Había colocado una postal sobre su escritorio manchado de cera y lleno de cortes de navaja. El cuadro reproducido en la postal era una obra abstracta llena de colores. Había manchones de un rosa oscuro, líneas de verde mar y gris tormenta, puntitos dorados que parecían haber sido incrustados en hojitas relucientes. Cogió su estilográfica con la elegante plumilla en forma de corazón, metió la delicada punta en su tintero, y escribió unas cuantas líneas finas como patas de araña sobre el reverso de la postal. [...] Contempló la postal y frunció el ceño al ver la firma, Nada, unos trazos cada vez más negros y mates que se iban secando poco a poco, y deseó haberla firmado con sangre. Quizá aún no fuese demasiado tarde. Se pinchó la muñeca con la plumilla de la estilográfica hasta que apareció una cuenta de sangre, rojo brillante sobre la palidez de la piel de su muñeca, con un destello de la luz reluciendo en ella como un aguijonazo. Volvió a firmar la postal, Nada escrito en sangre, resiguiendo poco a poco las letras con el líquido carmesí. La tinta se mezcló con la sangre y toda la firma se fue secando poco a poco hasta adquirir el color oxidado entre marrón y rojizo de una costra vieja. El resultado no le decepcionó.
Su sangre trazó un lento sendero que fue bajando por la parte
interior de su antebrazo manchando los finos pelitos invisibles, cubriendo
algunas de sus viejas cicatrices y dejando al descubierto una parte del encaje
dibujado por la navaja. Nada fue quitando la sangre con la lengua. La sangre le
manchó los labios dejándoselos pegajosos, y Nada se volvió hacia su reflejo en
la ventana y se sonrió a sí mismo. El Nada-de-noche que había en el cristal le
devolvió la sonrisa. El chico de la ventana tenía la misma larga cabellera
negra teñida, el mismo mentón puntiagudo, los mismos ojos oscuros en forma de
almendra..., pero su sonrisa era mucho, mucho más helada.'

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